Antes de la revolución, necesitamos introspección.

Antes de la revolución, necesitamos introspección.

Múltiples veces hemos leído o escuchado que nos urge un cambio social, una “revolución” en nuestra forma de pensar y actuar —con lo cual estoy totalmente de acuerdo— Pero, siempre se nos dice el qué, pocas veces nos hemos acercado al cómo lograr esta transformación ideológica y cultural.

Es comprensible que no encontremos manuales o instrucciones para desarrollar nuestra ciudadanía de modo ideal, pues por naturaleza somos seres cambiantes y contextuales, y por ello, tendrían que reformarse estos manuales constantemente. Lo cual también está bien, pues la realidad es cambiante, no está ya estructurada.

Por ello me pregunto, ¿Qué me hace falta para ser una “buena” ciudadana? Me parece que es básico comprender el contexto en el que vivo. Comprender que soy partícipe de la realidad, y no fuera de ella como espectadora. Se trata de comenzar de lo particular a lo general.

Es a través de la introspección —aquella práctica mental de autoexamen permanente de sí mismo— lo que favorece a tener comprensión de afuera. La comprensión de las propias debilidades o faltas, es la vía para la comprensión de los demás.

El autoexamen crítico, permite descentralizar el pensar de uno mismo, juzgar el egocentrismo propio y así dejar de asumir la posición de juez en todas las cosas.

¿Por qué es necesario?

Edgar Morin (2003) expresó que entre los intelectuales, escritores o universitarios, aquel mundo que debería ser el más comprensivo, es el más gangrenado bajo el efecto de una “hipertrofia” del Yo, por una necesidad, llamémosla, de ego.

Lo que estamos viviendo con las políticas de Donald Trump es ejemplo del etnocentrismo y el egocentrismo que nutren las xenofobias y racismos hasta el punto de quitarle al extranjero su calidad de humano.

Es tan frágil la transmisión de una idea, la convicción absoluta de su verdad, que anula por completo la comprensión de otra idea. Tal es el caso de los “liberales” que al tratar de convencer a los otros de sus argumentos, caen en el mismo conservadurismo.

Tan visible en estos tiempos de malestar social, todos queremos tener la razón y creemos tener la solución a los problemas de la sociedad, sin considerar que hay enormes diferencias y múltiples necesidades específicas de cada persona.

Por ello antes de querer cambiar al mundo, invito a que nos preguntemos si primero debemos cambiar nosotros. ¿Cómo pretendemos cambiar a otros, sin tener la mínima intención de cambiar uno mismo?

¿Acaso creemos que por el hecho de identificar que es necesario un cambio, ya nos hace seres  diferentes y “revolucionarios”? Me parece reaccionario creer que somos así. Dirían algunos que somos unos millennials: narcisistas por excelencia.

Si sentimos el llamado de ejercer nuestra participación ciudadana, ese llamado primero deber ser interno, bajarle a nuestros humos intelectuales y tocar tierra.

Evidentemente es un gran desafío, no es casualidad que las revoluciones ocurren en un plazo largo de tiempo. Necesitamos ser cosmopolitas, lo que Edgar Morin define como ciudadanos del mundo. Dejemos un lado las fronteras y el amenazador muro que aparentemente nos está uniendo, pero que peligrosamente nos puede convertir en lo mismo que aquellos xenófobos.  

A mi parecer los puntos claves (que quizá hay miles) que debemos plantearnos y replantearnos antes de querer salvar al mundo son:

1- Reconocer la unidad en la diversidad, es decir, tener bien claro que una persona es un universo de pensares y sentires. No debemos ser impositivos y querer homogeneizar con nuestra forma de pensar. Debemos respetar la diferencia en el otro.

2- Trabajar por la humanidad de la humanización. Sí, somos humanos por especie, pero en cuestiones de solidaridad, ¿lo somos?

3- Preguntarnos qué es la ética. No aquella que vimos en la primaria que nos memorizamos los valores. Sino aquella estricta en donde todos hacemos una consciencia profunda donde recordamos que todos habitamos la misma esfera viviente y tendrá un futuro para generaciones que viene después que nosotros.

No le dejemos la tarea de atender los problemas ecológicos sólo a países de primer mundo.  Empecemos por hacer cosas tan simples como tirar las colillas del cigarro en el bote de basura, no usar el coche propio todos los días, desconectar enchufes que no estamos utilizando, bajarle a los litros de agua que ocupamos al bañarnos, y así una infinidad de ejemplos que debemos volver hábitos y no sólo costumbre “pseudo intelectual”.

Finalmente, invito a que la tecnología sea concebida como herramienta y no como esclavizante para nosotros. Es un medio de comunicación, y lo que es mejor, un medio para intercambiar y expresar ideas; hacerlo bien de forma consciente y no sólo acumulando información, lograremos comprendernos los unos a los otros. Tal vez ahora sí podremos auxiliarnos para realizar esa transformación social.

Anahí Alvear
Anahí es Licenciada en Comunicación en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán UNAM. Es Community Manager de la Agencia Investigación y Desarrollo. Ha colaborado como Coordinadora General en Agencias de Investigación enfocadas al campo cultural. Es apasionada al cine, a las letras, a la ilustración, adicta a la música , idealista, amante de la cultura, sentipensante y creyente en la transformación social.
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Referencias

Morin, E. (2003) Educar en la era planetaria, Paris: Balland

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